Estando aquí sentada, en
medio de la oscuridad sintiendo la interrupción de mí silencio por notas musicales
que suben y bajan de tono, pienso en ti. O quizás sea mejor decir que te
recuerdo.
Tiene tanto tiempo que no te
veo, que he decidido tomar café en tu honor, tomar sorbo a sorbo ese líquido
caliente que me quema el estómago, que me arde en la garganta y que me
desagrada un poco. Y aun así lo tomo,
hasta la última gota. Lo tomo por que tus ojos son de ese color, tan oscuro que
tu iris casi se fusiona con la pupila. Tomar café es como tomar lo que hay en tus ojos, ese brillo de
tristeza alegre que, combina con tu sonrisa. El recuerdo de algo lejano que no
puedes olvidar, y el destello de desesperanza. Todo junto formando un
torbellino de emociones, como el café después de ser agitado. Y al igual que el
café lanzas vapores, vapores de felicidad, tan pasajera y ligera que es casi
notable.
Podría describirte sólo con
esa palabra “café” aunque, claro, esa palabra encierra muchas cosas. Encierra
los traumas de tu niñez, encierra tus sueños del futuro, tus logros del
presente, los pesares del pasado, y las almas de todos aquellos que un día
compartieron contigo el mismo camino.
El café se agota, el humo ya
no fluye más y la taza cada vez está más vacía. Te miro al fondo, te observo mirándome
con esa misteriosa mirada, la combinación entre ansiedad, dolor, felicidad y
angustia. De esas que me lanzas, cuando crees que has hecho algo que me duele,
de esas que dicen “por favor, no me dejes” de esas, que sólo yo puedo ver, de
esas que deseo no compartir con nadie, de esas que quizás imagino.
Desearía abrazarte, desearía
verte, respirarte y soñarte. Pero ya no puedo hacerlo más, lo único que puedo
es tomarte, beberte hasta que no quede más de ti ni de mí, quemarme la garganta
con el café que amarga las palabras que jamás pude decirte, nublarme los paisajes
que jamás veré a tu lado con el humo que emana, y al final, cuando se acabe,
sólo podré ver esos ojos, ojos con la mirada que pide no ser abandonada, que
pide una salvación y sólo podré imaginarme un abrazo tuyo, con el que todo tu
ser se aferre a lo que algún día llego a ser mi debilidad.
El café se agota, así como
mi deseo de verte una vez más. Levanto la taza y le doy el último sorbo, y te
doy a ti el último recuerdo.
Nanci, Ángel de la Luna.
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