Las personas no lo entienden, jamás podrían porque jamás visualizarán
la forma en la que tú alegras mi alma. No entenderán que en este momento
escucho música con melodía triste, pero con letras cargadas de amor, así como yo
te escribo en este momento. No sé si algún día leerás lo que he escrito para
ti. No sé si algún día tendré el valor de decirte lo que eres para mí. Pero te
lo escribiré, te lo escribiré porque no puedo sacarte de mi mente. Tal vez de
esta forma pueda desahogar mi sentir. Eres mi tótem. Eres la prueba de que el
amor existe. Y no me refiero a un amor de película, a un amor de pareja. Eres
algo real, la prueba de que aún existen personas con buenos sentimientos,
genuinas y únicas. “¿Qué tanto me disté?” me preguntaron cuando hablé de ti. No
es lo que me disté, es lo que me das. Lo que nadie más me ha dado. Genuinidad.
Genuino interés, genuina amistad, genuinos sentimientos. Todo regresa a mí. Vuelven
a mí los recuerdos de nuestras pláticas sobre música hasta el día siguiente.
Recuerdo en como eras el primero y el último a quien le escribía. A quien corría
a contarle cualquier evento cotidiano de mi vida y recibía una respuesta
cargada de interés y cariño. Recuerdo como me hacía feliz un mensaje tuyo,
incluso cuando estaba en malos momentos. Cómo me rescatabas sin saberlo. Recuerdo tus
gestos tan peculiares, recuerdo tu caminar y hasta la textura de tu cabello.
Recuerdo tu inclinación a la distancia, pero tu fuerte interés a la cercanía.
Ahora veo con mayor claridad, ahora lo notó. En ti y en mí aplica: Aún
separados, estamos juntos. Porque nos entendemos sin muchas palabras, porque
ambos actuamos. Porque cuando me sentía pequeña, me engrandecías. Me levantaste
y me hiciste feliz. No, más que hacerme feliz, me alegras el alma. Y siempre,
siempre te querré por eso. Siempre serás mi lugar feliz, mi tótem. El recuerdo
y la prueba de que hay algo bueno esperando.