Corrí durante mucho tiempo,
corrí larga y vagamente durante la noche, el día y la penumbra. No miraba
atrás, quería quemar toda esa ola de sentimientos que me abatía el alma, quería
que el fuego que ardía en mi garganta esfumara todo mi pesar…
Y entonces me di cuenta de
que ya no tenía por qué correr. Me detuve en seco, tratando de meditar aquel
pensamiento que inundo mi mente “ya no hay porque correr” ¿por qué? No lo sé,
simplemente ese sentimiento llegó a mí. Llegó, como llega el atardecer después
de un día de trabajo, llegó como llega el consuelo al que llora por haber
perdido, llegó como llega el silencio para calmar las palabras. Llegó sin
invitación, pero sin ser rechazado. Llegó en hora buena, llegó para decirme que
debía dejar de correr.
Y sin más, me detuve. Me quede
en la mitad de algún lugar mirando a todos lados, tratando, inútilmente, de encontrar algún indicio de que hacer después.
Comencé a llorar en silencio, pero este llanto no ira igual a los anteriores,
era una combinación de alegría y alivio, y con lágrimas resbalando sobre mis
mejillas, una enorme sonrisa autentica y pura se dibujaba en mi rostro.
Estaba a mitad de la nada,
en una noche oscura y era como si la luna regresara a ser mi vieja amiga y me
lanzaba sus rayos llenos de luz plateada, una luz que me dejaba sentir una
calidez, ya familiar.
Y entonces lo comprendí; no
tenía que seguir corriendo, porque aunque lo hiciera ya me había alcanzado. Ya me
había dejado consumir por la ira, la rabia y el rencor. Mi alma se había segregado
en trocitos llenos de culpabilidad y rencor, trocitos que se me estaban
pudriendo dentro de mí. Y me di cuenta, también, de que ya había quemado todos
aquellos sentimientos, ya no sentía más el ardor de esa combinación, ya no
sentía nada más que un alivio ensordecedor. Un alivio tan grande que se dejaba
ver sobre mi cuerpo; era una enorme sonrisa.
Y mire a mi reflejo en el
agua clara, el reflejo que jamás creí tener, ahí estaba, mostrándome la
claridad que tanto deseaba, pues ya estaba completa, ya no necesitaba nada.
Sólo tenía que seguir con todo lo aprendido, las heridas que me había causado,
serían un recordatorio, las cicatrices serían huellas de que lo intente, y
aunque fracase todo salió como debió salir. Y entonces decidí disfrutar de todo lo que la
vida ofrece, y dejar de correr.
Nänci, Ángel de la Luna