Estuve mucho tiempo en mi pequeña cueva, un lugar tan oscuro y húmedo como un corazón olvidado después de llorar. Un día decidí salir. En aquel otro mundo al que entre, cuándo salí de mi vieja cueva, me topé con luces de colores, dulces de sabores y flores de diferentes olores. Todo era maravilloso, el sol siempre brillaba y en ocasiones, las nubes cubrían el cielo. Sin embargo, cualquiera de los dos paisajes me agradaba, aunque me gustaba más mirar las nubes.
Quedé tan absorta en ese paraíso que en ocasiones se me dificultaba respirar, tenía que detenerme un momento para respirar, alzar la vista y descansar. Veía las nubes blancas danzar por el basto cielo azul, sentía como si pudiera respirar su húmedad, sentir sus gotitas de agua dentro de mi, sentía su impresentible olor rodearme y cuando el viento me acariciaba me dejaba envolver en el y a su lado recorría las praderas, viendo al sol brillar nada más importaba, sólo estaba yo, ese instánte era mío y de nadie más. Lo guardaba como un tesoro en mi corazón y me dejaba guiar una vez más.
Ahora llegaba a un río que se desplomaba a través de una cascada y formaba un lago, que a vecees estaba quieto otras, turbulento. Pero siempre claro. Alrededor podía ver una basta colección de plantas verdes, algunas largas, otras cortas, iluminadas con destellos de colores que las hacía ver contentas.
Las montañas se posaban detrás de la cascada, elevandose por encima de todo el paisaje. Sus cimas estaban cubiertas de nieve y daban un aire de frialdad que se sentía incluso aquí, a la orilla del lago, bajo el calor del sol. En ocasiones el agua se mantenía estancada y en otras una fuerte corriente, que caía de la cascada se llevaba gran parte del lago. Éste se recuperaba, lento o rápido, pero lo hacía.
El viento siempre soplaba en la misma dirección llevándome en el y limpiando todo lo que se marchitaba. Todo renacía igual o diferente, pero no había espacios vacíos, excepto uno. Uno cercano al lago. Todo aquí era maravilloso, tan espléndido y relajante que no deseaba marcharme. Había ocasiones en que el viento soplaba más fuerte o más despacio, podía destruir y calmar, o mantener todo en su sitio.
Me acostumbré a este lugar, a ésta sensación, tanto me acostumbré que me olvidé de mi cueva, hasta que un día el lago se desgarró y el viento sopló como nunca y un árbol se colapso, era quizá el más grande que había. Pasarón varios días, semanas, meses y el lago seguía casi seco. Cada vez que caminaba hacía el lago, veía al árbol y una terrible tristeza se apoderó de mi.
Decidí regresar a mi cueva, ahí todo estará como debe estar. Me acerque al espacio vacío cercano al lago, y ahí estaba. Oscura y mojada, con pocas plantas , tan pocas que casi eran invisibles. Estando ahí, encontré lo que tanto había deseado. Tratando de hallar la manera de llenar el lago y saciar mi sed, encontre en mi cueva la flor más hermosa que nunca antes había contemplado. Tomo de sus pétalos un poco de agua, y la sed se fue. Estaba ahí, siempre lo estuvó, el problema fue; que no la ví.
No necesité más, sólo necesite de la flor. Sacié mi sed con el agua del petálo, y con el agua de la cueva que se deslizaba por sus oscuras paredes. Ahora quizá el lago este lleno, porque hasta acá escucho su flujo.
Nanci 08/07/13
Es bueno, agradable y a la vez algo confuso ya que al momento de leer sentí varias metáforas no se como explicarlo pero bueno gracias por redactar este escrito.
ResponderEliminarAhí esta escrito todo lo que soy. Hay que descifrarlo xD
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