Estoy
enmedio de lo que parece ser una nueva pesadilla, atormentada por recuerdos
dolorosos y susurros tenebrosos.
Luces
y sombras, que se alternan tocando lentamente mi piel, provocando una extraña mueca
de tristeza. Donde ni el más tenue rayo de luz logra salir, la oscuridad me
consume y me devuelve al infierno. Al infierno dentro de mi corazón, donde en
un lejano momento hubo algún sentimiento.
Puedo
recordar tus palabras llenas de mentiras, rebotan entre las cuatro paredes que
hacen mi cárcel, se meten en mis adentros donde sólo puedo escuchar el sonido
de un lejano violín, que toca una melodía triste y vacía. Mi boca se llena de
sabores conocidos, el sabor de tu saliva, la sensación de tus labios rozando
los míos, el dulce néctar del helado de vainilla que comimos juntos, y el doloroso
sabor de tus “te amo”.
Mi mirada
se pierde en la infinita soledad de ésta cárcel oscura, se fija en ningún punto
y se regresa al pasado, donde encuentra los lugares que ahora están llenos de
ti, los recorre una vez más y te visualiza, ahí sentado junto a mí, en una
banca en medio de un verde parque, donde extrañamente nos miramos felices y
estrechamos nuestros ya perdidos sentimientos y sueños.
Mi corazón
palpita sueños, que se derraman por las heridas de mi cuerpo y de mi mente, el
paso del tiempo me ha dejado cicatrices y ha curado otras, soy la prueba
viviente de que las cicatrices se borran y se puede continuar a pesar de que la
herida haya sido de lo más dolorosa. Y aunque las heridas sanen, se cicatricen y
lleguen a borrarse, siempre quedará una pequeña marca en nuestro subconsciente,
que no se borrara tan fácilmente o incluso puede que jamás se borre.
He llegado
a un punto en el que mi cuerpo no puede seguir soportando tantas muestras de contradicción,
cada vez mis sonrisas maquilladas se desvanecen y mis risas entonadas se
desafinan, los nudos en mi garganta se apoderan de mi voz y no me dejan hablar,
mis palabras son cortantes y frías y mis muestras de afectos se pierden con el
pasar del tiempo.
Ya no
hay nadie que pueda sacar la mejor versión de mí, ya no hay nadie capaz de
entenderme, ni yo misma puedo hacerlo. En ocasiones me pierdo en el desván de
lo olvidado donde no entra ni una pequeña pisca de recuerdo alguno, en el que
el vacío llena mi alma y me deja desmoronada.
Regreso
después del viaje de la perdición de mis sentidos y encuentro un mundo ajeno a mí,
un mundo en el que no hay un sitio para mí,
no hay lugar alguno donde pueda sentirme acompañada, busco el camino de vuelta
a mi interior y me pierdo ocasionalmente en sendas varadas en el mar de la
locura.
Y en
mi locura, busco mi alrededor, percibo los altos sonidos del viento y de las
hojas al caer, me dejo maravillar por las sorpresas de la naturaleza, puedo sentir
el pasto en mis pies, y notar la brisa
que ha viajado distancias enormes en manos del viento, y que se deja
posar sobre mi rostro mientras lo levanto y miro al sol ser oculto por una
espesa nube gris que se cansa de tanto caminar y se desploma, dejando caer sus
lágrimas en forma de lluvia sobre mi fatigado ser.
Me llena
de su depresión y desconsolada busco asilo en brazos de la generosa luna, que
posada sobre su lecho negro se niega a ofrecérmelo, la miro con recelo y me
retiro, bajando la mirada y perdiéndome las estrellas.
Y cuando
menos lo pienso, levanto mi mirada y veo a la luna, que no me abandono en ningún instante
y noto las tenues estrellas que me dan ánimo en vano. Odio el ánimo optimista
que me brindan, así que cambian su postura y acojen mi depresión.
Y en
algunos chillidos estremecedores, tengo ataques largamente tediosos de cordura,
que me niegan los placeres de la vida que se oculta en la sombra de una persona,
en sus palabras tartamudas o en el dolor de su alma, que se proyecta a través
del apagado brillo de sus ojos.
Los míos
se mueven rápidamente tratando de encontrar un punto de escape, que me libere
de mi tortura, de mi pena y de mi absurda melancolía. Busco consuelo, en vano,
en personas y descubro que no hay nadie aquí, en esta prisión sólo estoy yo,
sentada con un violín imaginario que toca suaves notas caídas, que alargan mi
sufrimiento hasta la escala de sol, y se elevan para perderse en la oscuridad.
Y termino
como todos los días, como cada instante de mi miserable existencia, sola,
triste y vacía, sin nadie con quien compartir todos estos sentimientos vacíos
que me aquejan.
Quizá
en algún lugar, lejos de aquí, fuera de esta terrible prisión haya alguien
esperando por mi… ¿Habrá alguien capaz de luchar por sacarme de este vacío
sitio?
Saku
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